Cada quien escoge a sus héroes
¿Quién no sabe
que en México seguimos al
pie de la letra
el precepto bíblico
de alabar a los muertos?
A los vivos los elogiamos
cuando pueden
darnos algo.
Amado Nervo
Guerrero virtuoso, de un valor incalculable,
cuyo arrojo le hace salir victorioso en un sin número de peripecias. Héroe de
guerra y villano de la misma.
Se
levanta el 3 de junio de 1866, con el primer rayo del alba, sale a la proa y
divisa la ciudad de Veracruz. Antonio López de Santa Anna regresa a México.
No
sabe que esperar. Ya no es el hombre fuerte de la nación.
En
Tampico lo han proclamado por doceava ocasión, presidente interino de la
nación. Él no lo sabe.
En
el puerto jarocho, dos mil hombres fieles a Maximiliano, recurren a Santa Anna.
Su corazón palpita estruendosamente. Cierra los ojos en búsqueda de recuerdos.
***
Va
cabalgando a prisa en su blanco corcel. Preparado para derramar su última gota
de sangre. Blandiendo su argentino sable, don Antonio explota en una perversa carcajada.
El Álamo y sus trescientos valientes han quedado atrás. Los texanos han sido
vencidos. O al menos, eso cree. San Jacinto está a la vuelta de la esquina.
***
¿En
qué estado se encontrara Manga de Clavo? El paraíso perdido tras el destierro. Donde
Su Alteza curaba las heridas de guerra y las vicisitudes políticas eran
olvidadas.
***
La
primera campaña ha resultado aleccionadora. Antonio, un joven de dieciséis
años; un neófito en los menesteres del combate, disfruta la guerra. Es
atrevido, enérgico, infatigable. El choque de frente contra la insurgencia, en
vez de acobardarlo, le encanta: Ensoñación napoleónica.
Su
aprendizaje es incalculable. El arte de la guerra no lo comprende, lo
desprecia. Para él, un combate es la gloria o la muerte. Por eso no marcha
hacia la pelea; ¡corre desenfrenadamente! En la lucha armada entiende la razón
de su existencia y la de los suyos: la anarquía.
***
¿Qué
es México en el siglo XIX? ¿Un imperio? ¿Una república? ¿Federalista?
¿Centralista? ¿Liberal? ¿Conservador? La
independencia de la Corona fue fácil. Nada en comparación a la conformación del
Estado Nacional. Luchas intestinas entre logias masónicas. Levantamiento tras
levantamiento. Se proclama una revolución en el norte, otra en el sur. Los
españoles desembarcan en Tampico. Los texanos se sublevan. Francia se hace
escuchar y Estado Unidos se revela.
Se
abandona un sistema tras otro. Los caudillos de la independencia demuestran su
incapacidad como gobernantes. Iturbide sueña lo impracticable. En México ya hay
un emperador: el infortunio. Victoria, Guerrero y Bravo; fieros guerrilleros
que desconocían a Maquiavelo. Zavala, Farías y Alamán; civiles, sin espada no
hay poder. El mando recae en un solo hombre: Antonio López de Santa Anna,
hombre de cualidades excepcionales. Cruel. Camaleónico. Gran actor. Y lo
indispensable para poder gobernar: egocéntrico. La crónica de su vida pública
es el registro de las desgracias de México.
Enemigo
público de México. Escuchar su nombre evoca a la perversidad, traición y locura.
La Historia nos ha enseñado a odiarlo. Sin embargo el individuo es admirable.
Cualquiera que sea presidente once veces merece reconocimiento. Responsable de
las tragedias del país. Sin duda alguna. Pero siempre hay que recurrir al
general Santa Anna: Los españoles envían una armada a reconquistar México:
Santa Anna la repele. Los texanos proclaman la república: Santa Anna va a
combatirlos. Francia bloquea el puerto de Veracruz: Santa Anna desenvaina su
sable, monta su caballo; pierde una pierna y el dedo de una mano. ¡Sublime!
¡Héroe de guerra!
La
desgracia más dura del héroe es morir de viejo. La última dictadura de Santa
Anna es un anacronismo político e ideológico. El choque generacional sucedido
en 1855 resultado de la revolución de Ayutla desencadenara una reacción en
cadena que levantara a otro dictador treinta años más tarde: Porfirio Díaz.
La
sociedad coloca en un pedestal a sus dictadores. Santa Anna es México:
Iracundo, frívolo, culto sui generis;
viciosamente virtuoso y lo más importante, lo que da vida y color al país y al
personaje: una franca estupidez en los momentos decisivos.
Si
todo aquel hombre de guerra sueña con el pequeño general de Corso, parece que
olvidan la desgracia de éste. La humanidad que nos encarna, que nos arraiga a
nuestras pasiones, visiones y temores, siempre triunfa ante cualquiera.
Napoleón es el paradigma de los caudillos.
El
juicio de Santa Anna es el del pueblo mexicano. Víctima convertida en
victimario. Un día ensalzan al general, al siguiente lo persiguen, y al no
encontrarlo destruyen su obra. Juárez y Lerdo de Tejada; dictadores modernos,
enemigos del veracruzano, repudian el militarismo. Civiles; abogados, la
palabra es su espada. La presidencia es una responsabilidad para ellos. Para
Santa Anna, una condecoración más.
***
Meciéndose
en su hamaca, disfrutando del calor tropical de Turbaco. Su paladar continúa
extasiado por la dulce pulpa del mango. El sudor escurriendo lentamente por la
frente es recompensa que sabe a gloria después de un largo día de trabajo. El
general disfruta de su nuevo hogar. Sobre todo porque habita en la misma casa
que lo hacía “El libertador de las Américas”. Extraña su tierra. No hay duda
alguna. Barcos ingleses que llegan al puerto le traen hatillos de diarios
mexicanos. Se divierte leyendo la desgracia de los políticos.
***
Los
refranes son puros. Exactos. “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer.”
Doña Dolores se desvive por su esposo. Senil y paranoico, ella le es paciente y
leal. Administra junto con sus hijos y yernos, los desgastados bienes que aún
no ha despilfarrado don Antonio. Contrata gente que vaya a visitarlo, que lo
adule, que le hagan sentirse apreciado. Doña Dolores, gran mujer. La capital le
trae sentimientos encontrados: la fastuosidad de las ceremonias con las cuales
el pueblo recibía a su esposo se desvanecen con rapidez, trastocándose en
violencia y vituperios.
***
La
nación necesita de un héroe. Ahí está su emperador, no, él ya es de la realeza.
No puede ensuciarse las manos. Abandonar el trono por una silla de montar es
grosero para su majestuosidad. Cambiar las vestiduras de seda por la ríspida
casaca militar es impensable. Es mejor que los españoles desembarquen y quemen
Tampico a enlodarse de nuevo.
Napoleón
se coronó emperador por sus victoria militares. El golpe de estado era
necesario, todo hombre que desee la gloria debe sumergirse en la infamia una y
otra vez.
Los
españoles regresan a Cuba. Al llegar le explican al gobernador que el ímpetu
con el cual las fuerzas sublevadas resistieron y vencieron igualaba al de los
espartanos en las Termopilas. ¿Quién era su Leónidas?-pregunta el gobernador
con tono burlón-: “Un tal Santa Anna.”
“La vida de los muertos perdura en
la memoria de los vivos”.
Marco
Tulio Cicerón.