martes, 30 de octubre de 2012


Infanticidio

         Fernando Vega regresaba a México, quería ver a su mujer, Florentina. Él era un gringo hecho y derecho, con nacionalidad, aunque con cara de nopal. Tamaulipas está a unas cuantas horas, el camión iba vacío; recostándose en dos asientos, intentaba dormir, cosa que le era imposible, necesitaba de una cama para conseguirlo. Los segundos se convertían en minutos lentamente, ni se diga, las horas eran enormes, para que los minutos las completaran se necesitaba de muchísimo tiempo. Fernando ya era un viajero experimentado, en su mente, el espacio y el tiempo eran una estación de tránsito donde había que esperar hasta llegar al destino. Como dormir no era una opción, pensar le resultaba mil veces más aterrador. Su ida a México era ya una costumbre, tras cada quincena, con dólares en la bolsa, iba con su dama; a la cual le daba un poco para calmarla y luego gozaba del extraño sexo que ella le brindaba. Florentina era sordomuda. La conoció en una fiesta. Ella estaba en un rincón, junto a dos amigas; ellas bebían y gritaban, haciéndose notar para que los hombres las abordaran. La pobre de Florentina sólo sonreía, con cerveza en mano, leyendo los labios de sus compañeras. Parecía una mujer de mente fría, preparada para mandar al carajo con actitud, no recurriendo a palabras violentas o rodeos complicados. Su capacidad para permanecer de pie toda la noche sin emitir una sola palabra llamó la atención del hombre. Este se le acercó, después de cinco cervezas, a punto de la sexta, lleno de valor:
-Hola encanto, porque no vienes a platicar un rato conmigo-su simpatía perdía todo color ante Florentina, ella le entendía claramente, sin embargo, el aspecto del tipo era un poco desalentador: alto pero gordo, bien vestido pero apestoso, enjoyado pero con dientes amarillos. Como si tuviera un espejo delante de ella, la mujer notó que no era una flor, así que éste hombre la escogiera debía ser una seña inequívoca  de la suerte tocando su corazón. Fernando la llevó consigo, fueron a la farmacia en la camioneta de un amigo, compraron más cervezas; dos seises…para calentar el cuerpo, le dijo con malicia a Florentina. Luego regresaron a la fiesta. Al bajarse ella quedó deslumbrada con el letrero de neón de un motel que estaba a escasos metros de la casa. Cogió la mano del hombre y se lo llevó. Éste, sin oponer resistencia, se dejó guiar por la dama. Cumpliendo con el protocolo, Fernando pagó la habitación, al mirar a la chica, ella ya estaba en la cama, bebiendo cerveza, con los pechos al aire; le guiñó un ojo a la mole de carne y huesos. Una descarga eléctrica recorría todo el cuerpo del macho. También abrió una lata y le dio fondo en cuestión de segundos. Después del jugueteo, Florentina, sin ningún empacho, se puso en cuatro patas ante un espejo. Fernando, imantado de pies a cabeza, completamente paralizado, con la verga erecta, a punto de explotar; cerró los ojos repentinamente. El silencio en la habitación era espectral. En la puntita comenzó a sentir un ligero cosquilleo. Igual que si recibiera un balde de agua hirviendo, Florentina se ensartaba, Fernando no hacía nada, permanecía de pie, estoico ante un placer nunca antes experimentado. Creía que todo formaba parte de un sueño. Al abrir los ojos vio el rostro de la mujer, gesticulando de placer. Comenzó a azotar el trasero de la yegua, sin embargo esta no relinchaba…Grita cabrona! Griiiiita!, exigía el desquiciado jinete. Con cada golpe Florentina sentía un misticismo totalmente emborrachador. El vaivén se intensificó y, de una puñalada, el semen se derramaba en las profundidades y, afuera, en el vello púbico de ambos. De repente, sin ninguna explicación para él, la mujer comenzó a gritar, presa de un placer tardío pero satisfactorio. Aquella exclamación orgásmica era más semejante a un elefante furioso que a una mujer corriéndose. Entonces entendió que ella era sordomuda.
Florentina arreglo a los niños, los bañó y los vistió, quería que lucieran presentables. Que se vieran bonitos para su hombre. Para que el los aceptara como suyos. Deseaba no haberse peleado con su madre. Ahora no tenía quien se los cuidara. La señora le recriminaba la putería que cometía cada vez que se veía con ese hombre…Pinche golfa, deja de coger y mejor cuida a tus hijos, ¿Por qué chingados yo me chingo? Ya me chingué trayéndote a este mundo, puta tarada; nomas te viola y se larga. Palabras más, palabras menos le decía la doña a Florentina. Ella siempre se molestaba cuando leía sus labios. Eran como golpes propinados a su felicidad, a su placer, a su esperanza. No importaba si sólo la visitaba para saludarla, su madre siempre le caía con las mismas frases, hechas nada más para herirla, humillarla, marcarla en todo su cuerpo y alma. Incubándose el odio en su vientre después de seis meses de estarse relacionándose con su amante. Recibida la llamada anunciando que a mitad de la semana su amante llegaría, Florentina estaba impaciente. En su mente las fantasías pasaban a través de los clásicos escenarios de una telenovela. Pero los niños necesitaba estar fuera del cuadro, no podrían hacer el amor, aunque este se ejecutara en el máximo silencio, por moral y dignidad, sus hijos tendría que salir de la casa. Tomó valor la mujer, una vez más habría que soportar las terribles imprecaciones de su madre. Al traspasar el umbral, justo en el momento que las caras se encontraban, casi golpeándola, las palabras inundaron la habitación:
Puta de mierda, ya me enteré que viene aquel cabrón; ahora vienes conmigo, que estoy enferma, para que cuide a tus hijos. En vez de que tú nos cuides, te vas a coger, furcia, perra del diablo, ojalá te hubieras muerto en mis entrañas. Lástima que no me oyes, pendeja.
Florentina se largó llorando, antes de salir, se tropezó con una hacha oxidada, tal vez, propiedad de su fallecido padre; quien era jardinero. La cogió y regresó. Cuando su madre la miró, la sangre se le enfrió. Blandiendo el hacha, su hija emitía unos rebuznos dignos de una mula adolorida. Se lanzó hacia su madre, pero su torpeza únicamente le consiguió que clavara el hacha en la pared. Su hermano salió gritando de la recamara, al contemplar lo ocurrido golpeó a Florentina. Los vecinos hicieron acto de presencia y comenzaron a ayudar con el derrumbe.

Escuchaban los movimientos de la madre, subiendo y bajando, preparando la casa, sobre todo, el erótico recibimiento, merecido o no, a su anhelado amante. Cuando éste llegó, una mueca agria se dibujó en el rostro de la sordomuda, infringiendo el pacto sagrado de ambos. Los niños, más la niña, notaba que en su madre la felicidad había sido cortada. Que su amante llegara acompañado por un primo y su mujer en turno, le restaba la posibilidad de atascarse mutuamente. Con tres seises en gastados en gárgaras y gargajos, las dos parejas se manoseaban; la pequeña, intuyendo el peligro de aquello, se llevó a su hermano a su hermano a una distancia considerable. Dentro de un cuarto, dispuestos a ser enajenados por horas, absorbidos por la televisión, los dos niños perdieron la noción del tiempo. Cobijados por el calor del aparato, olvidaban la situación: su madre inútil, el hombre que no era su padre, la abuela vociferando horribles palabras. Una maldición arrojada sobre ellos, a su vez, arrojándolos a un limbo, donde el hambre o las ganas de ir al baño no intimidaban tanto como la de recibir un grito del hombre o un manotazo de su madre. En el otro lado, ahogados de sexo, Florentina y Fernando gozaban de la mutua indiferencia que su situación los favorecía, únicamente mediante las caricias existía una relativa comunicación. Patrañas, cogían por perros, por animales, humanamente, con decisión, igual que si estuvieran comiendo después de pasar horas sin probar un bocado.  No les importaban los gritos que él profiriera, ni los de la pareja de al lado, que eran mas escandalosos. No eran meros humanos, más bien cerdos, puercos, cochinos que se afanaban por conseguir la ganancia máxima del acto amatorio: el orgasmo. Pero la que más se esforzaba en conseguirlo era la sordomuda, sólo a través del clímax, un remedo de voz escapaba de su esófago. Deseaba escucharse gemir, intentaba imaginarlo, siempre sin éxito alguno. El placer era total. Los instantes previos a la venida monumental de su macho, los vivía sin aire, no dejando escapar nada de su interior. Después gritaba cual piedra en el desierto. Un alarido torpe. En sus adentros se sentía mejor. Desmayándose por unos segundos. Sin esperarlo, un golpe en las costillas le asestó Fernando, observándolo a los ojos noto que estos estaban inyectados en sangre. Escupía más saliva que palabras, estaba furioso, totalmente encabronado…Tu pinche niña nos estaba viendo, se acaba de ir corriendo, leyó la mujer. Inmediatamente salió disparada en búsqueda de la infractora. Entro en todos los cuartos, sin encontrarla, probó debajo de los muebles, en el baño y, por último en el patio. Casi no la ve, pero la niña, temblando, tiró unos enseres domésticos. Por los pelos fue tomada, lanzada hacia una pared; su respiración era rápida, no parecía que se detuviera, hasta que sintió la inaudita fuerza de la mano de su madre. Florentina no cejaba en su intento, no veía el rostro de la niña, para ella, este era una figura deformada, borrosa; lo único que percibía era una voz oxidada, chirriante, reclamándole con una injusticia desmedida, era la voz de su madre…Pinche puta, pinche puta, pinche puta, pinche puta, era una bruja a la que había que aniquilar. Apretó con toda su fuerza, intentando hacer explotar la cabeza. La presión en su cuerpo era tan fuerte, que sus oídos comenzaron a escuchar un tono agudo, cegándola hasta dejar de ver la luz. Muerta, colgando de sus manos, los ojos de la madre miraban a la criatura; cabeza roja, exangüe, fría pero caliente, helándola con el tacto de fuego, obligando a dejarla caer en el suelo.
En la comisaria contaron la historia. La niña se suicidó. Nadie pudo evitarlo. Por consiguiente nadie les creyó. Era culpa de la madre, de la sordomuda, tal vez del amante también. Florentina fue acusada por todos. Por su madre,  por Fernando, por la otra pareja, por el pequeño niño que la miraba, sin comprender la razón por la cual estaba ahí. Todo era un juego. Todo saldría bien.

Pedazo de mierda

“Emmanuel…Emmanuel, hijo ¿Estás en el baño? ¿Por qué no respondes?”
“Voy a entrar cabrón ¡Contesta chingado!”
Al entrar el olor a excremento le abofeteó el rostro. No había nadie. Únicamente la ropa de Claudio. Su hermano la tomó, al percibir la pastosa consistencia de la mierda, soltó la prenda.
“Mamá, este cabrón se cagó, no tuvo la decencia de lavar la ropa, sólo la dejó en el piso y se largó, hasta se cagó en los tenis. Ahora si se pasó de verga”
La madre de mi amigo no lo podía creer, al acercarse al baño, el olor llegó a su nariz. Era increíble que de un ser humano pudiera provenir tanta mierda. Todos sabíamos que Claudio era raro, además no era la primera vez que se cagaba; pero, no, su madre se resistía a creer en una enfermedad mental. Además ¿Dónde estaba su hijo? Se asomó a la habitación, esperando encontrarlo ahí, desmayado, victima de una infección intestinal.
Sólo estaba Totopo, recostado ante sus patas delanteras. El semblante en el rostro del canino denotaba una amarga tristeza. La señora lo notó. Algo no estaba bien, algo con su hijo, el perro se lo decía; sin embargo nada podía hacer más que esperar.
Tres horas antes, Claudio había recibido una llamada desde el Distrito Federal, anunciándole que su manuscrito había sido aceptado por los editores, en menos de seis meses estaría imprimiéndose. Recuerdo la emoción en su voz al hablarme; yo le había ayudado con la corrección ortográfica, realmente era una obra prodigiosa: El jarrón y otros cuentos. Su obsesión escatológica por fin le había resultado provechosa. Aunque no le pagarían mucho, ser publicado era ya un logro importante. Le tuve envidia, yo presenté varios volúmenes de cuentos y todos ellos habían sido rechazados, mas también estaba orgulloso de él, su esfuerzo al escribir cada historia se notaba. Las había pensado una y otra vez. No tuve ningún reparo, para mí, cada palabra gozaba de una coherencia mística. Todos los temas fueron abarcados por Claudio, desde la tragedia hasta la comedia, pasando por la filosofía y la economía. Su lenguaje era claro, tanto, que cualquiera podía leerlo y entender el mensaje desde la primera lectura. La mierda como el centro de nuestras vidas. La mierda como el producto de nuestros esfuerzos. Una recompensa. Gratificación excelsa…después no supe nada de Claudio. Fui a su casa con Pablo. Él también no lo había visto desde hace dos días. Su madre nos abrió la puerta, dijo que nadie sabía nada de él. Interceptamos a su hermano justo al salir del edificio donde vivían, nos refirió toda la historia. En el balcón donde siempre fumábamos Pablo y yo, pensábamos que le pudo haber pasado a nuestro amigo:
“Tal vez está con alguna de sus mujeres”
“Es lo mas seguro, pero entonces ¿por qué dejó su ropa llena de mierda ahí, en el baño?”
“Es un enfermo, ya lo conoces, de seguro le dio hueva lavarla”
“Le hablaré a su celular, ojalá contesté”
Timbrando una y otra vez, siempre la grabación del buzón de voz. Lo intenté tres veces más; al día siguiente de nuevo, siempre con el mismo resultado. No era típico en él, siempre te contestaba o te devolvía la llamada.  Necesitaba saber más sobre el libro. En caso que lo presentara al público quería estar ahí para apoyarlo. Además era motivo de celebración. Comprar una botella de tinto y unos puros para festejar como hombres de verdad. Fui a la veterinaria el lunes, pensando que no podría faltar al trabajo. Sin embargo, preguntándole a su patrón por él, me contestó que no había llegado; el viejo estaba encabronado, contó que desde el sábado no había ido a trabajar; no le avisó y tampoco le contestaba el teléfono. De inmediato temí lo peor: el esposo de su amante lo había matado, o, la loca lo había hecho. Si no aparecía era una estupidez aun así ir a la policía, pensé, en este país, con este gobierno, es mejor no hacer nada.  Únicamente escribirán un acta y listo: archivado junto con los miles de personas desaparecidas. Le hablé a Pablo, me dijo que fuera a su casa.
En el balcón empezamos a formular múltiples teorías sobre la desaparición de Claudio. Desde las más elocuente y lógicas, hasta la exageración pura de una combustión espontanea. Sin embargo la mierda en sus prendas nos remitía un enigma único e irrepetible. Porque obviando los detalles de su vida, el significado de la ropa llena de mierda involucraba que él había sufrido ese accidente antes de dejar su departamento. Pablo guardó silencio durante más de diez minutos, yo balbucee estupideces sin sentido. Ambos bajamos a beber unas cervezas. La medianoche ocurrió y yo estaba ya en mi casa, descansando. Encendí la radio con la finalidad de ser arrullado por la música. El estupor del licor invocó al sueño rápidamente.
Raras veces el humano comprende que se encuentra soñando, yo en ese momento lo sabía. No era un sueño, sino un recuerdo perdido que venía a mí por destino. Me hallaba revisando el manuscrito de El jarrón y otros cuentos. Señalaba las faltas ortográficas y algunas cosas que creía que no tenían sentido. La presentación del texto me pareció formidable, mi amigo se había tomado la molestia de encuadernarlo; la pasta era gruesa y de un color tinto elegante, lo cual razoné que debía considerarse en el original como la muestra para la imprenta. Alternaba mi trabajo de corrector con unos tragos de cerveza. Tal vez eran demasiados tragos los que tomé. Descansando tomé asiento en mi sillón. Me quité los anteojos, lubriqué mis globos oculares con gotas de manzanilla para luego descansar cerrándolos. Disfrutaba la sensación de embriaguez; estaba en el punto correcto de ésta, no necesitaba otro trago por el momento. Al sentir mis ojos relajados regresé a mi labor. Tomé el libro; producto de mi estado alterado resultó que resbalara de mis manos, unas hojas cayeron, después de maldecir por mi estupidez noté la falta de continuidad en la paginación. De inmediato lo relacioné con un error ya sea de la imprenta o de Claudio; sin embargo, al leerlas para encontrar su lugar en la encuadernación, capté que las hojas no pertenecían a ningún cuento. Sin coherencia, manifestaban señales de locura, o, sólo una idea imposible de concretar. Decían algo así:
Entonces la transformación aunque repentina, pareciera que yo la había meditado; deseándola con tal ahínco. Pero ¿por qué alguien en su sano juicio querría esto para su cuerpo? Esta proximidad con la realidad es lo más perturbador de mi pesadilla. Debo abandonar cualquier idea relacionado con la mierda, con los anos, con todo. Hace varias noches desperté sudando, afuera caía una lluvia torrencial; la iluminación que provocaban los constantes relámpagos crearon una escena de terror perfecta. Cuando mi nariz percibió aquel fétido olor lo primero que vino a mi mente fue la metamorfosis, pero estaba equivocado. La pared comenzó a doblarse en espiral, hasta recaer en un centro. Me paré ante aquel punto; de cara a aquel extraño fenómeno decidí acercarme, a escasa distancia, empezó a temblar aquello. Capté que se trataba de un ano en la pared, el cual estaba apunto de estallar, para descargar excremento…
Vaya que era bueno escribiendo historias éste hombre, era una lástima  no haber terminado la anterior narración…mi sueño comenzó a desvanecerse; explosiones intestinales sonaban dentro de mi, rápidamente fui al baño, comencé a desalojar el estomago. El dolor en cada evacuación era insoportable, lacrimoso, exasperante. Deseaba volver al mundo onírico, sin embargo, la sensación de desgarre me clavó al escusado. La peste de la mierda me ahogaba, un chillido intenso repicaba en mis oídos; era imposible que tuviera diarrea, únicamente había comido carne asada y agua pura. Como si estuviera bajo un foco chicharronero, percibía un calor intenso, sudaba a caudales. A punto del desmayo terminé de cagar. Sin tirar de la cadena entre a la regadera, necesitaba un baño urgentemente. El chorro de agua fue recibido por mi cuerpo con sumo agrado. Sin importar que ésta fuera fría, mis nervios se relajaron a tal punto, que creí caer dormido rápidamente. Antes de que esto sucediera salí…entonces comprendí lo que le sucedió a Claudio, era imposible si; pero él lo había descrito ya, en esas paginas incoherentes, tuvo un vaticinio, tal vez no lo interpretó o, tal vez era irremediable, tarde o temprano le sucedería. Intenté llamarle otra vez, el mismo resultado; la contestadora pidiéndome dejar un mensaje después del tono. ¿Acaso mi amigo se había convertido en mierda? No, me resistía a creer en una transformación de ese estilo. No en él.
Le hablé a Pablo y la historia salió de mi boca: nuestro amigo había sufrido una extraña e incomprensible metamorfosis. Todo su ser era ahora mierda. Después de colgar mi imaginación se apoderó de mi conciencia. Entonces la realidad se derretía adquiriendo la forma de la casa de Claudio.
Estaba en su cuarto.
Sentado jugando Súper-Nintendo.
Con su perro al lado.
De repente sintió la necesidad de excretar.
Fue al baño.
Terminó y mientras se lavaba las manos, en el espejo, su figura, ahora a base de popó, lo veía sin que se diera cuenta él. Entonces levantó la vista. Gritó pero no con pánico, en su exclamación el desquiciamiento era total. Este se vio cortado entonces por la puerta de la entrada, la cual, dejaba pasar a su mamá y a su hermano. Entonces Claudio obligado por la mala suerte, por una broma de Dios,  se introdujo en el escusado, jaló de la cadena y su ropa quedó ahí tendida. Como la encontró su hermano al principio de mi historia.
Un mes más tarde me hablaron desde la capital. Al parecer Claudio me puso como su representante ante la editorial. Estaban enojados porque el autor había recogido el texto. No quería que sus cuentos fueran publicados.
 Nunca más supimos de él. 

lunes, 29 de octubre de 2012

Kid Koala


Kid Koala-12 bit Blues

Rara vez me siento tranquilo respecto a la situación musical de nuestra triste y desesperada época, pero gracias a Kid Koala, puedo descansar por 40 minutos. Su disco es una pieza de melomanía perfecta. Sintetizó una variedad de samplers que tomó prestado a discos de Blues creando piezas únicas y originales, logrando un resultado fresco e innovador  que difícilmente puede ser superado por otro DJ. Para quienes aman las rarezas musicales, compre o piratee el disco, altamente recomendable. 

martes, 9 de octubre de 2012

El Hombre con el testículo repleto de odio


El Hombre con el testículo repleto de odio

Una vez en la vida de todo hombre se pierde el sueño. Recorres toda la habitación en busca de algo que hacer, pensar, comer. El reloj esta clavado en la pared, frente a tu cama; sin moverse, fijo en la hora trece de un séptimo día.
Encendí la computadora, encendí un cigarro; la habitación apestaba, yo seguía fumando pitillo tras pitillo, intentando masturbarme. Estaba sentado contemplado asiáticas de coños peludos cuando de repente sentí un dolor en el estomago. Era agudo, espontaneo, justo.
Mi baño no era la gran cosa, yo tampoco lo era, mi culo se adolecía por el estreñimiento. Pujaba y gemía, lagrimas escurriendo por mis mejillas. El dolor ahora se encontraba en mi espina, hígado, riñones…cada segundo sobre el escusado era un calvario.
No logro comprender que fue lo que pasó. Sentado sobre el trono algo explotó: mi escroto, el lado derecho, eso fue lo que pasó.
No había dolor; temblaba por el frio que sentía en mi pelvis. Las luces fluorescentes nunca antes se habían adentrado en mi mente. Me tambaleaba por todo el baño, carecía de la fuerza suficiente para continuar de pie.
Adentro, en el retrete, algo se cocinaba, el agua ensangrentada burbujeaba. Mi testículo salía a flote. El izquierdo se agitó. Yo metí mi mano para recuperarlo, de repente una voz dura, eléctrica, tenebrosa, gritó:
-¡No lo hagas muchacho, aquí resbalan cosas bastante sucias!
Retrocedí hasta topar con la pared del baño. Una mano en mi rostro, la otra en mi escroto; al tocar mi parte derecha desgarrada, tibia, infame, mi estomago se revolvía, el vomito podía percibirse en mi garganta, al intentar purgarme me acerque al inodoro recordando mi gónada derecha, voltee mi cara hacia un lado y expulsé el poco alimento que había ingerido durante la tarde.
-¡Hey! ¿Te encuentras bien?- de nuevo la voz; no captaba de dónde provenía, recapitulé y me di cuenta que ésta llegaba del inodoro. Arrastrándome hasta él, note que en el agua ensangrentada, se mezclaban en el semen, y con una orina de varios días, mi testículo derecho.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?-
-Muchacho, muchacho, sabes que estoy aquí. ¿Por qué demonios preguntas? ¿Acaso me vista salir dando saltos y correr como un desquiciado?-
-¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Por qué me pasó esto?-
-Soy tu testículo derecho, quiero un cigarrillo, y no sé por qué pasó esto.- El agua se agitaba-Sácame muchacho, puedo pescar un resfriado.
Introduje mi brazo izquierdo dentro del retrete, tomé mi testículo: suave y palpitante; al dejarlo en el lavabo se agita un poco y tose:
-¡Cogh, cogh!-gracias a esto, observe con detenimiento que tenía un rostro: un par de pequeños puntos negros como ojos, arrugas marcándolos con fuerza, la boca un simple línea, no labios ni dientes, sólo una línea irregular. La ausencia de su nariz lo hacía perfecto, casi hermoso.- ¡Dame un cigarrillo!-
-Seguro, aunque no creo que quepa en tu boca.-
-Escupe el humo sobre mi rostro-dijo él.-Fui corriendo hacia mi habitación, buscando con desesperación la cajetilla, lancé todo aquello que no pareciera ésta. Mi turbación me impedía ver que estos se encontraban en la mesa a lado de mi cama. Cuando me detuve logré verlos. Regresé corriendo al baño donde el testículo se miraba en el espejo-Muchacho, nos parecemos, ambos lucimos acabados.-
-No entiendo, siempre fui limpio- no hablaba con él, todo esto para mi, necesitaba convencerme de mi cordura. Febril alguien deliraría; sin embargo mi temperatura era normal-me bañaba todos los días, me restregaba el jabón todas las mañanas.-
-Mira hijo, estas cosas pasan, tal vez te masturbabas demasiado, debiste conseguir una chica. No lo sé, lo importante es seguir adelante.-
-¿Qué, eso es todo? “Sigue adelante”, si antes no conseguía mujeres, crees que ahora con un solo huevo lo haré-el cigarro se había apagado; impregnándose de un repugnante aroma el baño, mi respiración se dificultaba, lo que contribuía a que en mi poca lucidez se permeara aun más la locura.
-Hijo ¿quieres la verdad? Bueno, te la daré.-Él se estaba empezando a poner púrpura, no dije nada al respecto-Eres un egoísta, siempre durmiendo de lado, aprisionándonos a mí y a “Zurdo” con tus gordos y peludos muslos, él podía escapar, pero yo me quedaba ahí, apretado, sin aire, con calor, adolorido.-
-Perdón, en verdad lo siento.-
-No lo lamentes hijo, haces lo que puedes, no es tu culpa vivir a tu modo. Acabes con esta cháchara sin sentido, mejor llévame a la computadora y ponme ante esas asiáticas de coños peludos.-
Tomé a derecho con suma delicadez, lo coloqué frente a la pantalla y reproduje el video. Mientras las asiáticas gemían y gesticulaban, derecho moría sin remedio.
-Acércate niño, quiero decirte una última cosa-Nunca antes había escuchado palabras tan hermosas-No somos nada hijo, no somos nada.

FIN

martes, 25 de septiembre de 2012


Cada quien escoge a sus héroes

       ¿Quién no sabe que en México seguimos al
pie de la letra el precepto bíblico
 de alabar a los muertos?
 A los vivos los elogiamos
cuando pueden darnos algo.

Amado Nervo

Guerrero virtuoso, de un valor incalculable, cuyo arrojo le hace salir victorioso en un sin número de peripecias. Héroe de guerra y villano de la misma.
Se levanta el 3 de junio de 1866, con el primer rayo del alba, sale a la proa y divisa la ciudad de Veracruz. Antonio López de Santa Anna regresa a México.
No sabe que esperar. Ya no es el hombre fuerte de la nación.
En Tampico lo han proclamado por doceava ocasión, presidente interino de la nación. Él no lo sabe.
En el puerto jarocho, dos mil hombres fieles a Maximiliano, recurren a Santa Anna. Su corazón palpita estruendosamente. Cierra los ojos en búsqueda de recuerdos.

***

Va cabalgando a prisa en su blanco corcel. Preparado para derramar su última gota de sangre. Blandiendo su argentino sable, don Antonio explota en una perversa carcajada. El Álamo y sus trescientos valientes han quedado atrás. Los texanos han sido vencidos. O al menos, eso cree. San Jacinto está a la vuelta de la esquina.

***

¿En qué estado se encontrara Manga de Clavo? El paraíso perdido tras el destierro. Donde Su Alteza curaba las heridas de guerra y las vicisitudes políticas eran olvidadas.

***

La primera campaña ha resultado aleccionadora. Antonio, un joven de dieciséis años; un neófito en los menesteres del combate, disfruta la guerra. Es atrevido, enérgico, infatigable. El choque de frente contra la insurgencia, en vez de acobardarlo, le encanta: Ensoñación napoleónica.
Su aprendizaje es incalculable. El arte de la guerra no lo comprende, lo desprecia. Para él, un combate es la gloria o la muerte. Por eso no marcha hacia la pelea; ¡corre desenfrenadamente! En la lucha armada entiende la razón de su existencia y la de los suyos: la anarquía.
***
¿Qué es México en el siglo XIX? ¿Un imperio? ¿Una república? ¿Federalista? ¿Centralista? ¿Liberal? ¿Conservador?  La independencia de la Corona fue fácil. Nada en comparación a la conformación del Estado Nacional. Luchas intestinas entre logias masónicas. Levantamiento tras levantamiento. Se proclama una revolución en el norte, otra en el sur. Los españoles desembarcan en Tampico. Los texanos se sublevan. Francia se hace escuchar y Estado Unidos se revela.
Se abandona un sistema tras otro. Los caudillos de la independencia demuestran su incapacidad como gobernantes. Iturbide sueña lo impracticable. En México ya hay un emperador: el infortunio. Victoria, Guerrero y Bravo; fieros guerrilleros que desconocían a Maquiavelo. Zavala, Farías y Alamán; civiles, sin espada no hay poder. El mando recae en un solo hombre: Antonio López de Santa Anna, hombre de cualidades excepcionales. Cruel. Camaleónico. Gran actor. Y lo indispensable para poder gobernar: egocéntrico. La crónica de su vida pública es el registro de las desgracias de México.
Enemigo público de México. Escuchar su nombre evoca a la perversidad, traición y locura. La Historia nos ha enseñado a odiarlo. Sin embargo el individuo es admirable. Cualquiera que sea presidente once veces merece reconocimiento. Responsable de las tragedias del país. Sin duda alguna. Pero siempre hay que recurrir al general Santa Anna: Los españoles envían una armada a reconquistar México: Santa Anna la repele. Los texanos proclaman la república: Santa Anna va a combatirlos. Francia bloquea el puerto de Veracruz: Santa Anna desenvaina su sable, monta su caballo; pierde una pierna y el dedo de una mano. ¡Sublime! ¡Héroe de guerra!
La desgracia más dura del héroe es morir de viejo. La última dictadura de Santa Anna es un anacronismo político e ideológico. El choque generacional sucedido en 1855 resultado de la revolución de Ayutla desencadenara una reacción en cadena que levantara a otro dictador treinta años más tarde: Porfirio Díaz.
La sociedad coloca en un pedestal a sus dictadores. Santa Anna es México: Iracundo, frívolo, culto sui generis; viciosamente virtuoso y lo más importante, lo que da vida y color al país y al personaje: una franca estupidez en los momentos decisivos.
Si todo aquel hombre de guerra sueña con el pequeño general de Corso, parece que olvidan la desgracia de éste. La humanidad que nos encarna, que nos arraiga a nuestras pasiones, visiones y temores, siempre triunfa ante cualquiera. Napoleón es el paradigma de los caudillos.
El juicio de Santa Anna es el del pueblo mexicano. Víctima convertida en victimario. Un día ensalzan al general, al siguiente lo persiguen, y al no encontrarlo destruyen su obra. Juárez y Lerdo de Tejada; dictadores modernos, enemigos del veracruzano, repudian el militarismo. Civiles; abogados, la palabra es su espada. La presidencia es una responsabilidad para ellos. Para Santa Anna, una condecoración más.

***

Meciéndose en su hamaca, disfrutando del calor tropical de Turbaco. Su paladar continúa extasiado por la dulce pulpa del mango. El sudor escurriendo lentamente por la frente es recompensa que sabe a gloria después de un largo día de trabajo. El general disfruta de su nuevo hogar. Sobre todo porque habita en la misma casa que lo hacía “El libertador de las Américas”. Extraña su tierra. No hay duda alguna. Barcos ingleses que llegan al puerto le traen hatillos de diarios mexicanos. Se divierte leyendo la desgracia de los políticos.

***
Los refranes son puros. Exactos. “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer.” Doña Dolores se desvive por su esposo. Senil y paranoico, ella le es paciente y leal. Administra junto con sus hijos y yernos, los desgastados bienes que aún no ha despilfarrado don Antonio. Contrata gente que vaya a visitarlo, que lo adule, que le hagan sentirse apreciado. Doña Dolores, gran mujer. La capital le trae sentimientos encontrados: la fastuosidad de las ceremonias con las cuales el pueblo recibía a su esposo se desvanecen con rapidez, trastocándose en violencia y vituperios.

***
La nación necesita de un héroe. Ahí está su emperador, no, él ya es de la realeza. No puede ensuciarse las manos. Abandonar el trono por una silla de montar es grosero para su majestuosidad. Cambiar las vestiduras de seda por la ríspida casaca militar es impensable. Es mejor que los españoles desembarquen y quemen Tampico a enlodarse de nuevo.
Napoleón se coronó emperador por sus victoria militares. El golpe de estado era necesario, todo hombre que desee la gloria debe sumergirse en la infamia una y otra vez.
Los españoles regresan a Cuba. Al llegar le explican al gobernador que el ímpetu con el cual las fuerzas sublevadas resistieron y vencieron igualaba al de los espartanos en las Termopilas. ¿Quién era su Leónidas?-pregunta el gobernador con tono burlón-: “Un tal Santa Anna.”

“La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”.
                                                          
Marco Tulio Cicerón.