Infanticidio
Fernando Vega regresaba a México, quería ver a
su mujer, Florentina. Él era un gringo hecho y derecho, con nacionalidad,
aunque con cara de nopal. Tamaulipas está a unas cuantas horas, el camión iba
vacío; recostándose en dos asientos, intentaba dormir, cosa que le era
imposible, necesitaba de una cama para conseguirlo. Los segundos se convertían
en minutos lentamente, ni se diga, las horas eran enormes, para que los minutos
las completaran se necesitaba de muchísimo tiempo. Fernando ya era un viajero
experimentado, en su mente, el espacio y el tiempo eran una estación de
tránsito donde había que esperar hasta llegar al destino. Como dormir no era
una opción, pensar le resultaba mil veces más aterrador. Su ida a México era ya
una costumbre, tras cada quincena, con dólares en la bolsa, iba con su dama; a
la cual le daba un poco para calmarla y luego gozaba del extraño sexo que ella
le brindaba. Florentina era sordomuda. La conoció en una fiesta. Ella estaba en
un rincón, junto a dos amigas; ellas bebían y gritaban, haciéndose notar para
que los hombres las abordaran. La pobre de Florentina sólo sonreía, con cerveza
en mano, leyendo los labios de sus compañeras. Parecía una mujer de mente fría,
preparada para mandar al carajo con actitud, no recurriendo a palabras
violentas o rodeos complicados. Su capacidad para permanecer de pie toda la
noche sin emitir una sola palabra llamó la atención del hombre. Este se le
acercó, después de cinco cervezas, a punto de la sexta, lleno de valor:
-Hola
encanto, porque no vienes a platicar un rato conmigo-su simpatía perdía todo
color ante Florentina, ella le entendía claramente, sin embargo, el aspecto del
tipo era un poco desalentador: alto pero gordo, bien vestido pero apestoso,
enjoyado pero con dientes amarillos. Como si tuviera un espejo delante de ella,
la mujer notó que no era una flor, así que éste hombre la escogiera debía ser
una seña inequívoca de la suerte tocando
su corazón. Fernando la llevó consigo, fueron a la farmacia en la camioneta de
un amigo, compraron más cervezas; dos seises…para calentar el cuerpo, le dijo con malicia a Florentina. Luego
regresaron a la fiesta. Al bajarse ella quedó deslumbrada con el letrero de
neón de un motel que estaba a escasos metros de la casa. Cogió la mano del
hombre y se lo llevó. Éste, sin oponer resistencia, se dejó guiar por la dama.
Cumpliendo con el protocolo, Fernando pagó la habitación, al mirar a la chica,
ella ya estaba en la cama, bebiendo cerveza, con los pechos al aire; le guiñó
un ojo a la mole de carne y huesos. Una descarga eléctrica recorría todo el
cuerpo del macho. También abrió una lata y le dio fondo en cuestión de
segundos. Después del jugueteo, Florentina, sin ningún empacho, se puso en
cuatro patas ante un espejo. Fernando, imantado de pies a cabeza, completamente
paralizado, con la verga erecta, a punto de explotar; cerró los ojos
repentinamente. El silencio en la habitación era espectral. En la puntita
comenzó a sentir un ligero cosquilleo. Igual que si recibiera un balde de agua
hirviendo, Florentina se ensartaba, Fernando no hacía nada, permanecía de pie,
estoico ante un placer nunca antes experimentado. Creía que todo formaba parte
de un sueño. Al abrir los ojos vio el rostro de la mujer, gesticulando de
placer. Comenzó a azotar el trasero de la yegua, sin embargo esta no
relinchaba…Grita cabrona! Griiiiita!,
exigía el desquiciado jinete. Con cada golpe Florentina sentía un misticismo
totalmente emborrachador. El vaivén se intensificó y, de una puñalada, el semen
se derramaba en las profundidades y, afuera, en el vello púbico de ambos. De
repente, sin ninguna explicación para él, la mujer comenzó a gritar, presa de
un placer tardío pero satisfactorio. Aquella exclamación orgásmica era más
semejante a un elefante furioso que a una mujer corriéndose. Entonces entendió
que ella era sordomuda.
Florentina
arreglo a los niños, los bañó y los vistió, quería que lucieran presentables.
Que se vieran bonitos para su hombre. Para que el los aceptara como suyos.
Deseaba no haberse peleado con su madre. Ahora no tenía quien se los cuidara. La
señora le recriminaba la putería que cometía cada vez que se veía con ese
hombre…Pinche golfa, deja de coger y
mejor cuida a tus hijos, ¿Por qué chingados yo me chingo? Ya me chingué
trayéndote a este mundo, puta tarada; nomas te viola y se larga. Palabras
más, palabras menos le decía la doña a Florentina. Ella siempre se molestaba
cuando leía sus labios. Eran como golpes propinados a su felicidad, a su
placer, a su esperanza. No importaba si sólo la visitaba para saludarla, su madre
siempre le caía con las mismas frases, hechas nada más para herirla,
humillarla, marcarla en todo su cuerpo y alma. Incubándose el odio en su
vientre después de seis meses de estarse relacionándose con su amante. Recibida
la llamada anunciando que a mitad de la semana su amante llegaría, Florentina
estaba impaciente. En su mente las fantasías pasaban a través de los clásicos
escenarios de una telenovela. Pero los niños necesitaba estar fuera del cuadro,
no podrían hacer el amor, aunque este se ejecutara en el máximo silencio, por
moral y dignidad, sus hijos tendría que salir de la casa. Tomó valor la mujer,
una vez más habría que soportar las terribles imprecaciones de su madre. Al
traspasar el umbral, justo en el momento que las caras se encontraban, casi
golpeándola, las palabras inundaron la habitación:
Puta de mierda, ya me enteré que viene
aquel cabrón; ahora vienes conmigo, que estoy enferma, para que cuide a tus
hijos. En vez de que tú nos cuides, te vas a coger, furcia, perra del diablo,
ojalá te hubieras muerto en mis entrañas. Lástima que no me oyes, pendeja.
Florentina
se largó llorando, antes de salir, se tropezó con una hacha oxidada, tal vez,
propiedad de su fallecido padre; quien era jardinero. La cogió y regresó.
Cuando su madre la miró, la sangre se le enfrió. Blandiendo el hacha, su hija
emitía unos rebuznos dignos de una mula adolorida. Se lanzó hacia su madre,
pero su torpeza únicamente le consiguió que clavara el hacha en la pared. Su
hermano salió gritando de la recamara, al contemplar lo ocurrido golpeó a
Florentina. Los vecinos hicieron acto de presencia y comenzaron a ayudar con el
derrumbe.
Escuchaban
los movimientos de la madre, subiendo y bajando, preparando la casa, sobre
todo, el erótico recibimiento, merecido o no, a su anhelado amante. Cuando éste
llegó, una mueca agria se dibujó en el rostro de la sordomuda, infringiendo el
pacto sagrado de ambos. Los niños, más la niña, notaba que en su madre la
felicidad había sido cortada. Que su amante llegara acompañado por un primo y su
mujer en turno, le restaba la posibilidad de atascarse mutuamente. Con tres
seises en gastados en gárgaras y gargajos, las dos parejas se manoseaban; la
pequeña, intuyendo el peligro de aquello, se llevó a su hermano a su hermano a
una distancia considerable. Dentro de un cuarto, dispuestos a ser enajenados
por horas, absorbidos por la televisión, los dos niños perdieron la noción del
tiempo. Cobijados por el calor del aparato, olvidaban la situación: su madre
inútil, el hombre que no era su padre, la abuela vociferando horribles
palabras. Una maldición arrojada sobre ellos, a su vez, arrojándolos a un
limbo, donde el hambre o las ganas de ir al baño no intimidaban tanto como la
de recibir un grito del hombre o un manotazo de su madre. En el otro lado, ahogados
de sexo, Florentina y Fernando gozaban de la mutua indiferencia que su
situación los favorecía, únicamente mediante las caricias existía una relativa
comunicación. Patrañas, cogían por perros, por animales, humanamente, con
decisión, igual que si estuvieran comiendo después de pasar horas sin probar un
bocado. No les importaban los gritos que
él profiriera, ni los de la pareja de al lado, que eran mas escandalosos. No
eran meros humanos, más bien cerdos, puercos, cochinos que se afanaban por
conseguir la ganancia máxima del acto amatorio: el orgasmo. Pero la que más se
esforzaba en conseguirlo era la sordomuda, sólo a través del clímax, un remedo
de voz escapaba de su esófago. Deseaba escucharse gemir, intentaba imaginarlo,
siempre sin éxito alguno. El placer era total. Los instantes previos a la
venida monumental de su macho, los vivía sin aire, no dejando escapar nada de
su interior. Después gritaba cual piedra en el desierto. Un alarido torpe. En
sus adentros se sentía mejor. Desmayándose por unos segundos. Sin esperarlo, un
golpe en las costillas le asestó Fernando, observándolo a los ojos noto que
estos estaban inyectados en sangre. Escupía más saliva que palabras, estaba
furioso, totalmente encabronado…Tu pinche
niña nos estaba viendo, se acaba de ir corriendo, leyó la mujer.
Inmediatamente salió disparada en búsqueda de la infractora. Entro en todos los
cuartos, sin encontrarla, probó debajo de los muebles, en el baño y, por último
en el patio. Casi no la ve, pero la niña, temblando, tiró unos enseres
domésticos. Por los pelos fue tomada, lanzada hacia una pared; su respiración
era rápida, no parecía que se detuviera, hasta que sintió la inaudita fuerza de
la mano de su madre. Florentina no cejaba en su intento, no veía el rostro de
la niña, para ella, este era una figura deformada, borrosa; lo único que percibía
era una voz oxidada, chirriante, reclamándole con una injusticia desmedida, era
la voz de su madre…Pinche puta, pinche
puta, pinche puta, pinche puta, era una bruja a la que había que aniquilar.
Apretó con toda su fuerza, intentando hacer explotar la cabeza. La presión en
su cuerpo era tan fuerte, que sus oídos comenzaron a escuchar un tono agudo,
cegándola hasta dejar de ver la luz. Muerta, colgando de sus manos, los ojos de
la madre miraban a la criatura; cabeza roja, exangüe, fría pero caliente,
helándola con el tacto de fuego, obligando a dejarla caer en el suelo.
En la
comisaria contaron la historia. La niña se suicidó. Nadie pudo evitarlo. Por
consiguiente nadie les creyó. Era culpa de la madre, de la sordomuda, tal vez
del amante también. Florentina fue acusada por todos. Por su madre, por Fernando, por la otra pareja, por el
pequeño niño que la miraba, sin comprender la razón por la cual estaba ahí.
Todo era un juego. Todo saldría bien.
