Pedazo de mierda
“Emmanuel…Emmanuel, hijo ¿Estás
en el baño? ¿Por qué no respondes?”
“Voy a entrar cabrón ¡Contesta
chingado!”
Al entrar el olor a excremento le
abofeteó el rostro. No había nadie. Únicamente la ropa de Claudio. Su hermano
la tomó, al percibir la pastosa consistencia de la mierda, soltó la prenda.
“Mamá, este cabrón se cagó, no
tuvo la decencia de lavar la ropa, sólo la dejó en el piso y se largó, hasta se
cagó en los tenis. Ahora si se pasó de verga”
La madre de mi amigo no lo podía
creer, al acercarse al baño, el olor llegó a su nariz. Era increíble que de un
ser humano pudiera provenir tanta mierda. Todos sabíamos que Claudio era raro,
además no era la primera vez que se cagaba; pero, no, su madre se resistía a
creer en una enfermedad mental. Además ¿Dónde estaba su hijo? Se asomó a la
habitación, esperando encontrarlo ahí, desmayado, victima de una infección
intestinal.
Sólo estaba Totopo, recostado
ante sus patas delanteras. El semblante en el rostro del canino denotaba una
amarga tristeza. La señora lo notó. Algo no estaba bien, algo con su hijo, el
perro se lo decía; sin embargo nada podía hacer más que esperar.
Tres horas antes, Claudio había
recibido una llamada desde el Distrito Federal, anunciándole que su manuscrito
había sido aceptado por los editores, en menos de seis meses estaría
imprimiéndose. Recuerdo la emoción en su voz al hablarme; yo le había ayudado
con la corrección ortográfica, realmente era una obra prodigiosa: El jarrón y otros cuentos. Su obsesión
escatológica por fin le había resultado provechosa. Aunque no le pagarían
mucho, ser publicado era ya un logro importante. Le tuve envidia, yo presenté
varios volúmenes de cuentos y todos ellos habían sido rechazados, mas también
estaba orgulloso de él, su esfuerzo al escribir cada historia se notaba. Las
había pensado una y otra vez. No tuve ningún reparo, para mí, cada palabra
gozaba de una coherencia mística. Todos los temas fueron abarcados por Claudio,
desde la tragedia hasta la comedia, pasando por la filosofía y la economía. Su
lenguaje era claro, tanto, que cualquiera podía leerlo y entender el mensaje
desde la primera lectura. La mierda como el centro de nuestras vidas. La mierda
como el producto de nuestros esfuerzos. Una recompensa. Gratificación
excelsa…después no supe nada de Claudio. Fui a su casa con Pablo. Él también no
lo había visto desde hace dos días. Su madre nos abrió la puerta, dijo que
nadie sabía nada de él. Interceptamos a su hermano justo al salir del edificio
donde vivían, nos refirió toda la historia. En el balcón donde siempre
fumábamos Pablo y yo, pensábamos que le pudo haber pasado a nuestro amigo:
“Tal vez está con alguna de sus mujeres”
“Es lo mas seguro, pero entonces ¿por qué dejó su ropa llena
de mierda ahí, en el baño?”
“Es un enfermo, ya lo conoces, de seguro le dio hueva
lavarla”
“Le hablaré a su celular, ojalá contesté”
Timbrando una y otra vez, siempre
la grabación del buzón de voz. Lo intenté tres veces más; al día siguiente de
nuevo, siempre con el mismo resultado. No era típico en él, siempre te
contestaba o te devolvía la llamada. Necesitaba saber más sobre el libro. En caso
que lo presentara al público quería estar ahí para apoyarlo. Además era motivo
de celebración. Comprar una botella de tinto y unos puros para festejar como hombres
de verdad. Fui a la veterinaria el lunes, pensando que no podría faltar al
trabajo. Sin embargo, preguntándole a su patrón por él, me contestó que no
había llegado; el viejo estaba encabronado, contó que desde el sábado no había
ido a trabajar; no le avisó y tampoco le contestaba el teléfono. De inmediato
temí lo peor: el esposo de su amante lo había matado, o, la loca lo había
hecho. Si no aparecía era una estupidez aun así ir a la policía, pensé, en este
país, con este gobierno, es mejor no hacer nada. Únicamente escribirán un acta y listo:
archivado junto con los miles de personas desaparecidas. Le hablé a Pablo, me
dijo que fuera a su casa.
En el balcón empezamos a formular
múltiples teorías sobre la desaparición de Claudio. Desde las más elocuente y
lógicas, hasta la exageración pura de una combustión espontanea. Sin embargo la
mierda en sus prendas nos remitía un enigma único e irrepetible. Porque
obviando los detalles de su vida, el significado de la ropa llena de mierda
involucraba que él había sufrido ese accidente antes de dejar su departamento.
Pablo guardó silencio durante más de diez minutos, yo balbucee estupideces sin
sentido. Ambos bajamos a beber unas cervezas. La medianoche ocurrió y yo estaba
ya en mi casa, descansando. Encendí la radio con la finalidad de ser arrullado
por la música. El estupor del licor invocó al sueño rápidamente.
Raras veces el humano comprende
que se encuentra soñando, yo en ese momento lo sabía. No era un sueño, sino un
recuerdo perdido que venía a mí por destino. Me hallaba revisando el manuscrito
de El jarrón y otros cuentos. Señalaba
las faltas ortográficas y algunas cosas que creía que no tenían sentido. La
presentación del texto me pareció formidable, mi amigo se había tomado la
molestia de encuadernarlo; la pasta era gruesa y de un color tinto elegante, lo
cual razoné que debía considerarse en el original como la muestra para la
imprenta. Alternaba mi trabajo de corrector con unos tragos de cerveza. Tal vez
eran demasiados tragos los que tomé. Descansando tomé asiento en mi sillón. Me
quité los anteojos, lubriqué mis globos oculares con gotas de manzanilla para luego
descansar cerrándolos. Disfrutaba la sensación de embriaguez; estaba en el
punto correcto de ésta, no necesitaba otro trago por el momento. Al sentir mis
ojos relajados regresé a mi labor. Tomé el libro; producto de mi estado
alterado resultó que resbalara de mis manos, unas hojas cayeron, después de
maldecir por mi estupidez noté la falta de continuidad en la paginación. De
inmediato lo relacioné con un error ya sea de la imprenta o de Claudio; sin
embargo, al leerlas para encontrar su lugar en la encuadernación, capté que las
hojas no pertenecían a ningún cuento. Sin coherencia, manifestaban señales de
locura, o, sólo una idea imposible de concretar. Decían algo así:
Entonces la transformación aunque repentina, pareciera que yo la había
meditado; deseándola con tal ahínco. Pero ¿por qué alguien en su sano juicio
querría esto para su cuerpo? Esta proximidad con la realidad es lo más
perturbador de mi pesadilla. Debo abandonar cualquier idea relacionado con la
mierda, con los anos, con todo. Hace varias noches desperté sudando, afuera caía
una lluvia torrencial; la iluminación que provocaban los constantes relámpagos
crearon una escena de terror perfecta. Cuando mi nariz percibió aquel fétido
olor lo primero que vino a mi mente fue la metamorfosis, pero estaba equivocado.
La pared comenzó a doblarse en espiral, hasta recaer en un centro. Me paré ante
aquel punto; de cara a aquel extraño fenómeno decidí acercarme, a escasa
distancia, empezó a temblar aquello. Capté que se trataba de un ano en la
pared, el cual estaba apunto de estallar, para descargar excremento…
Vaya que era bueno escribiendo
historias éste hombre, era una lástima
no haber terminado la anterior narración…mi sueño comenzó a
desvanecerse; explosiones intestinales sonaban dentro de mi, rápidamente fui al
baño, comencé a desalojar el estomago. El dolor en cada evacuación era
insoportable, lacrimoso, exasperante. Deseaba volver al mundo onírico, sin
embargo, la sensación de desgarre me clavó al escusado. La peste de la mierda
me ahogaba, un chillido intenso repicaba en mis oídos; era imposible que
tuviera diarrea, únicamente había comido carne asada y agua pura. Como si
estuviera bajo un foco chicharronero, percibía un calor intenso, sudaba a
caudales. A punto del desmayo terminé de cagar. Sin tirar de la cadena entre a
la regadera, necesitaba un baño urgentemente. El chorro de agua fue recibido
por mi cuerpo con sumo agrado. Sin importar que ésta fuera fría, mis nervios se
relajaron a tal punto, que creí caer dormido rápidamente. Antes de que esto
sucediera salí…entonces comprendí lo que le sucedió a Claudio, era imposible
si; pero él lo había descrito ya, en esas paginas incoherentes, tuvo un
vaticinio, tal vez no lo interpretó o, tal vez era irremediable, tarde o
temprano le sucedería. Intenté llamarle otra vez, el mismo resultado; la
contestadora pidiéndome dejar un mensaje después del tono. ¿Acaso mi amigo se
había convertido en mierda? No, me resistía a creer en una transformación de
ese estilo. No en él.
Le hablé a Pablo y la historia
salió de mi boca: nuestro amigo había sufrido una extraña e incomprensible
metamorfosis. Todo su ser era ahora mierda. Después de colgar mi imaginación se
apoderó de mi conciencia. Entonces la realidad se derretía adquiriendo la forma
de la casa de Claudio.
Estaba en su cuarto.
Sentado jugando Súper-Nintendo.
Con su perro al lado.
De repente sintió la necesidad de
excretar.
Fue al baño.
Terminó y mientras se lavaba las
manos, en el espejo, su figura, ahora a base de popó, lo veía sin que se diera
cuenta él. Entonces levantó la vista. Gritó pero no con pánico, en su
exclamación el desquiciamiento era total. Este se vio cortado entonces por la
puerta de la entrada, la cual, dejaba pasar a su mamá y a su hermano. Entonces
Claudio obligado por la mala suerte, por una broma de Dios, se introdujo en el escusado, jaló de la
cadena y su ropa quedó ahí tendida. Como la encontró su hermano al principio de
mi historia.
Un mes más tarde me hablaron
desde la capital. Al parecer Claudio me puso como su representante ante la
editorial. Estaban enojados porque el autor había recogido el texto. No quería
que sus cuentos fueran publicados.
Nunca más supimos de él.
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