martes, 30 de octubre de 2012


Pedazo de mierda

“Emmanuel…Emmanuel, hijo ¿Estás en el baño? ¿Por qué no respondes?”
“Voy a entrar cabrón ¡Contesta chingado!”
Al entrar el olor a excremento le abofeteó el rostro. No había nadie. Únicamente la ropa de Claudio. Su hermano la tomó, al percibir la pastosa consistencia de la mierda, soltó la prenda.
“Mamá, este cabrón se cagó, no tuvo la decencia de lavar la ropa, sólo la dejó en el piso y se largó, hasta se cagó en los tenis. Ahora si se pasó de verga”
La madre de mi amigo no lo podía creer, al acercarse al baño, el olor llegó a su nariz. Era increíble que de un ser humano pudiera provenir tanta mierda. Todos sabíamos que Claudio era raro, además no era la primera vez que se cagaba; pero, no, su madre se resistía a creer en una enfermedad mental. Además ¿Dónde estaba su hijo? Se asomó a la habitación, esperando encontrarlo ahí, desmayado, victima de una infección intestinal.
Sólo estaba Totopo, recostado ante sus patas delanteras. El semblante en el rostro del canino denotaba una amarga tristeza. La señora lo notó. Algo no estaba bien, algo con su hijo, el perro se lo decía; sin embargo nada podía hacer más que esperar.
Tres horas antes, Claudio había recibido una llamada desde el Distrito Federal, anunciándole que su manuscrito había sido aceptado por los editores, en menos de seis meses estaría imprimiéndose. Recuerdo la emoción en su voz al hablarme; yo le había ayudado con la corrección ortográfica, realmente era una obra prodigiosa: El jarrón y otros cuentos. Su obsesión escatológica por fin le había resultado provechosa. Aunque no le pagarían mucho, ser publicado era ya un logro importante. Le tuve envidia, yo presenté varios volúmenes de cuentos y todos ellos habían sido rechazados, mas también estaba orgulloso de él, su esfuerzo al escribir cada historia se notaba. Las había pensado una y otra vez. No tuve ningún reparo, para mí, cada palabra gozaba de una coherencia mística. Todos los temas fueron abarcados por Claudio, desde la tragedia hasta la comedia, pasando por la filosofía y la economía. Su lenguaje era claro, tanto, que cualquiera podía leerlo y entender el mensaje desde la primera lectura. La mierda como el centro de nuestras vidas. La mierda como el producto de nuestros esfuerzos. Una recompensa. Gratificación excelsa…después no supe nada de Claudio. Fui a su casa con Pablo. Él también no lo había visto desde hace dos días. Su madre nos abrió la puerta, dijo que nadie sabía nada de él. Interceptamos a su hermano justo al salir del edificio donde vivían, nos refirió toda la historia. En el balcón donde siempre fumábamos Pablo y yo, pensábamos que le pudo haber pasado a nuestro amigo:
“Tal vez está con alguna de sus mujeres”
“Es lo mas seguro, pero entonces ¿por qué dejó su ropa llena de mierda ahí, en el baño?”
“Es un enfermo, ya lo conoces, de seguro le dio hueva lavarla”
“Le hablaré a su celular, ojalá contesté”
Timbrando una y otra vez, siempre la grabación del buzón de voz. Lo intenté tres veces más; al día siguiente de nuevo, siempre con el mismo resultado. No era típico en él, siempre te contestaba o te devolvía la llamada.  Necesitaba saber más sobre el libro. En caso que lo presentara al público quería estar ahí para apoyarlo. Además era motivo de celebración. Comprar una botella de tinto y unos puros para festejar como hombres de verdad. Fui a la veterinaria el lunes, pensando que no podría faltar al trabajo. Sin embargo, preguntándole a su patrón por él, me contestó que no había llegado; el viejo estaba encabronado, contó que desde el sábado no había ido a trabajar; no le avisó y tampoco le contestaba el teléfono. De inmediato temí lo peor: el esposo de su amante lo había matado, o, la loca lo había hecho. Si no aparecía era una estupidez aun así ir a la policía, pensé, en este país, con este gobierno, es mejor no hacer nada.  Únicamente escribirán un acta y listo: archivado junto con los miles de personas desaparecidas. Le hablé a Pablo, me dijo que fuera a su casa.
En el balcón empezamos a formular múltiples teorías sobre la desaparición de Claudio. Desde las más elocuente y lógicas, hasta la exageración pura de una combustión espontanea. Sin embargo la mierda en sus prendas nos remitía un enigma único e irrepetible. Porque obviando los detalles de su vida, el significado de la ropa llena de mierda involucraba que él había sufrido ese accidente antes de dejar su departamento. Pablo guardó silencio durante más de diez minutos, yo balbucee estupideces sin sentido. Ambos bajamos a beber unas cervezas. La medianoche ocurrió y yo estaba ya en mi casa, descansando. Encendí la radio con la finalidad de ser arrullado por la música. El estupor del licor invocó al sueño rápidamente.
Raras veces el humano comprende que se encuentra soñando, yo en ese momento lo sabía. No era un sueño, sino un recuerdo perdido que venía a mí por destino. Me hallaba revisando el manuscrito de El jarrón y otros cuentos. Señalaba las faltas ortográficas y algunas cosas que creía que no tenían sentido. La presentación del texto me pareció formidable, mi amigo se había tomado la molestia de encuadernarlo; la pasta era gruesa y de un color tinto elegante, lo cual razoné que debía considerarse en el original como la muestra para la imprenta. Alternaba mi trabajo de corrector con unos tragos de cerveza. Tal vez eran demasiados tragos los que tomé. Descansando tomé asiento en mi sillón. Me quité los anteojos, lubriqué mis globos oculares con gotas de manzanilla para luego descansar cerrándolos. Disfrutaba la sensación de embriaguez; estaba en el punto correcto de ésta, no necesitaba otro trago por el momento. Al sentir mis ojos relajados regresé a mi labor. Tomé el libro; producto de mi estado alterado resultó que resbalara de mis manos, unas hojas cayeron, después de maldecir por mi estupidez noté la falta de continuidad en la paginación. De inmediato lo relacioné con un error ya sea de la imprenta o de Claudio; sin embargo, al leerlas para encontrar su lugar en la encuadernación, capté que las hojas no pertenecían a ningún cuento. Sin coherencia, manifestaban señales de locura, o, sólo una idea imposible de concretar. Decían algo así:
Entonces la transformación aunque repentina, pareciera que yo la había meditado; deseándola con tal ahínco. Pero ¿por qué alguien en su sano juicio querría esto para su cuerpo? Esta proximidad con la realidad es lo más perturbador de mi pesadilla. Debo abandonar cualquier idea relacionado con la mierda, con los anos, con todo. Hace varias noches desperté sudando, afuera caía una lluvia torrencial; la iluminación que provocaban los constantes relámpagos crearon una escena de terror perfecta. Cuando mi nariz percibió aquel fétido olor lo primero que vino a mi mente fue la metamorfosis, pero estaba equivocado. La pared comenzó a doblarse en espiral, hasta recaer en un centro. Me paré ante aquel punto; de cara a aquel extraño fenómeno decidí acercarme, a escasa distancia, empezó a temblar aquello. Capté que se trataba de un ano en la pared, el cual estaba apunto de estallar, para descargar excremento…
Vaya que era bueno escribiendo historias éste hombre, era una lástima  no haber terminado la anterior narración…mi sueño comenzó a desvanecerse; explosiones intestinales sonaban dentro de mi, rápidamente fui al baño, comencé a desalojar el estomago. El dolor en cada evacuación era insoportable, lacrimoso, exasperante. Deseaba volver al mundo onírico, sin embargo, la sensación de desgarre me clavó al escusado. La peste de la mierda me ahogaba, un chillido intenso repicaba en mis oídos; era imposible que tuviera diarrea, únicamente había comido carne asada y agua pura. Como si estuviera bajo un foco chicharronero, percibía un calor intenso, sudaba a caudales. A punto del desmayo terminé de cagar. Sin tirar de la cadena entre a la regadera, necesitaba un baño urgentemente. El chorro de agua fue recibido por mi cuerpo con sumo agrado. Sin importar que ésta fuera fría, mis nervios se relajaron a tal punto, que creí caer dormido rápidamente. Antes de que esto sucediera salí…entonces comprendí lo que le sucedió a Claudio, era imposible si; pero él lo había descrito ya, en esas paginas incoherentes, tuvo un vaticinio, tal vez no lo interpretó o, tal vez era irremediable, tarde o temprano le sucedería. Intenté llamarle otra vez, el mismo resultado; la contestadora pidiéndome dejar un mensaje después del tono. ¿Acaso mi amigo se había convertido en mierda? No, me resistía a creer en una transformación de ese estilo. No en él.
Le hablé a Pablo y la historia salió de mi boca: nuestro amigo había sufrido una extraña e incomprensible metamorfosis. Todo su ser era ahora mierda. Después de colgar mi imaginación se apoderó de mi conciencia. Entonces la realidad se derretía adquiriendo la forma de la casa de Claudio.
Estaba en su cuarto.
Sentado jugando Súper-Nintendo.
Con su perro al lado.
De repente sintió la necesidad de excretar.
Fue al baño.
Terminó y mientras se lavaba las manos, en el espejo, su figura, ahora a base de popó, lo veía sin que se diera cuenta él. Entonces levantó la vista. Gritó pero no con pánico, en su exclamación el desquiciamiento era total. Este se vio cortado entonces por la puerta de la entrada, la cual, dejaba pasar a su mamá y a su hermano. Entonces Claudio obligado por la mala suerte, por una broma de Dios,  se introdujo en el escusado, jaló de la cadena y su ropa quedó ahí tendida. Como la encontró su hermano al principio de mi historia.
Un mes más tarde me hablaron desde la capital. Al parecer Claudio me puso como su representante ante la editorial. Estaban enojados porque el autor había recogido el texto. No quería que sus cuentos fueran publicados.
 Nunca más supimos de él. 

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